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martes, 6 de octubre de 2009

Copenhague (V): Odense

Nuestro último día en Dinamarca curiosamente debía llevarnos hasta Malmö a través del puente de Oresund, y aunque me muero de ganas de visitar Suecia, yo no podía irme de Dinamarca sin visitar la ciudad de Hans Christian Andersen: Odense.
Así que nos subimos al tren, cruzamos la isla de Sjaelland, descubriendo un paisaje cien por cien bucólico y rural.


Por encima del mar llegamos hasta la isla de Fionia. Leyendo la guía de viaje me enteré que la isla era propiedad de los condes de Holstein (porque ellos lo valían, seguro), pero que a finales de la Edad Media se incorporó a la corona danesa (supongo que mantener una isla tan grande debe conllevar muchos gastos).
La capital de Fionia es Odense. Según mi guía, no se conoce con precisión su fecha de fundación, pero la etimología de su nombre, que significa "lugar de culto de Odín", atestigua su existencia en la época vikinga.

Fue agradable descubrir, nada más bajar del tren, que la biblioteca central de Odense está en la estación, pero no pudimos entretenernos en visitarla porque el trayecto Copenhague-Odense-Copenhague son un poco más de tres horas y no sabíamos cuánto tiempo íbamos a dedicar a los dos museos sobre Hans Christian Andersen que hay en la ciudad.
La segunda sorpresa nos la llevamos al salir de la estación donde nos topamos con un parque y una escultura que reproducía uno de los recortables del autor, lo que atestigua que gran parte de la vida cultural de la ciudad gira en torno al escritor.
Y camina que caminarás, nos topamos con la H.C. Andersen Hus el museo ubicado en la casa natal del autor, según narra la tradición local.
Visitando el museo se entera uno de toda, toda, toda la historia del escritor: desde su pobreza natal, su condición de gran viajero, sus comienzos como artista, su aislamiento social, sus complejos físicos, sus dificultades en el amor... todo, todo y todo.

Como el museo está construido de forma anexa a la casa, ésta se puede visitar por dentro y las estancias están reproducidas como en la época; el equipamiento dispone también de las reproducciones del estudio que el autor habitó en Nyhavn, en Copenhague; así como multitud de objetos personales: entre mis preferidos, el sombrero de copa, un libro ilustrado que confeccionó él mismo para la hija de un amigo, sus famosos recortables oníricos y un biombo que decoró él mismo utilizando la técnica del collage mientras estuvo enfermo en cama. A los más atrevidos les chiflará poder contemplar su dentadura.

A la salida del museo hay un jardín con un castillo donde tres veces al día se representan cuentos de Andersen y como todo el mundo los conoce no importa que lo hagan en danés. Hasta elAbogado se divirtió.
El museo se encuentra en el barrio Andersen, de apariencia tranquila y resultonas casas de arquitectura rural, con la consabida estátua en honor a un personaje Andersen: el soldadito de plomo.
Más al sur pasamos por el precioso parque Hans Christian Andersen con su monumento al escritor y referencias también al cuento del soldadito, esta vez con un barquito de papel metálico bien grande que flota en el estanque.
Y de vuelta para la estación, nos despedimos de los paisajes daneses con muy buen sabor de boca y unas ganas enormes de volver.

domingo, 4 de octubre de 2009

Copenhague (IV)

Copenhague es una ciudad fácil de visitar porque no es demasiado grande y bastante llana así que para pasear es ideal, pero sobretodo es genial si la ves en bici. Durante todos los días que estuvimos allí contemplamos con desespero las estaciones de bici municipales vacías, y es que sólo debes introducir una moneda (el mismo sistema que te permite coger un carrito en el súper) y ya tienes la bici, sin restricciones horarias. Supongo que a los ciudadanos de Copenhague mucha falta no les hará porque todos llevan sus propias bicis (chulísimas, por cierto), pero para los guiris es genial. Lo malo es que no hay muchas, así que el último día que estábamos en Copenhague, elAbogado y yo tuvimos la suerte de encontrar dos bicis disponibles y nos dispusimos a dar una última vuelta por la ciudad.

Salimos del barrio universitario, que es muy recomendable visitar a fondo porque es precioso y muy animado (no os perdáis la biblioteca...) y nos fuimos hasta Amalienborg pasando por la iglesia Marmorkirken, como su nombre indica es toda de mármol, que hizo edificar Frederik V a mediados del siglo XVIII pero que se quedó a medias por falta de fondos y hasta finales del XIX no se acabó. Por fuera da una sensación de grandiosidad y amplitud, pero cuando entras dentro ves que en realidad es pequeñita, pero muy cuca.


Cruzamos los jardines Amaliehaven y llegamos hasta el paseo marítimo que bordeamos agradablemente ya que estaba atardeciendo, la brisa era fresca y los rayos de sol cálidos. Una delicia. Llegamos hasta los muros de Kastellet, una ciudadela fortificada con un edificio en su interior construido en forma de estrella de cinco puntas protegido por lienzos de 20 metros de altura.
Antes de cruzar el foso y entrar a Kastellet nos entretuvimos admirando la iglesia Skt. Albans Kirke que se construyó expresamente para la princesa y futura reina Alexandra, que se casó con Eduardo, príncipe de Gales, y futuro rey Eduardo VII. Por eso esta iglesia de estilo neogótico inglés acoge principalmente a la comunidad británica de la ciudad.
Al lado de la iglesia está mi monumento preferido de Copenhague: la Fuente de Gefion, la mayor de la ciudad. Recrea la leyenda que dice que el rey de Suecia, Gylfe, le ofreció tanto territorio como ella pudiera labrar en una noche. Entonces, ella transformó en bueyes a sus cuatro hijos, fruto de su unión con un gigante noruego (!). Toda la tierra que consiguieron labrar se conviertió en la isla de Sjaelland. Es espectacular la fuerza y potencia que transmite la escultura.

Y para acabar nuestro recorrido en Copenhague nos despedimos de la Sirenita, que no es tan decepcionante como dicen algunos. Muy mona y cuca, llena de turistas que se encaraman, la pobre. También nos saludamos con Hans Christian Andersen, ya que al día siguiente nos dirigimos a su ciudad natal, Odense.

jueves, 1 de octubre de 2009

Copenhague (III)

No podíamos irnos de la ciudad sin visitar su famosísima fábrica Carlsberg, la que según reza el anuncio es posiblemente la mejor cerveza del mundo. Yo no sé si tanto, ya que soy una ignorante de la cerveza, bebo poca y de la suavita así que... Lo que está claro es que el fundador de la cervecera es una especie de héroe en Copenhague debido a la creación de la Fundación Carlsberg para la investigación científica y el Museo de Frederiksborg. Su hijo también siguió con el mecenazgo y donó a los daneses su colección de arte y que se aloja en la Ny Carlsberg Glyptotek.
La ciudad está llena de referencias a la familia Carlsberg así que teníamos mucha curiosidad por ver dónde empezó todo.

La visita al complejo industrial (que siguió a la pequeña fábrica de cerveza en el centro de Copenhague) se realiza empezando por la Puerta de los Elefantes (emblema de la fábrica) y por la Doble Puerta. Ambas son características del eclecticismo arquitectónico que se vivió a finales del siglo XIX. Los elefantes son espectaculares, aunque también es curioso contemplar el friso que se halla sobre la Doble Puerta y donde se puede ver al cervecero rodeado por su familia y colaboradores como si estuviera contemplando el resultado de su trabajo.

Vale la pena pagar la entrada al centro de visitantes y museo, ya que no es excesivamente cara, y la visita es muy interesante ya que se pueden ver documentos, objetos y películas que destacan el contraste en las antiguas formas de elaboración y distribución de la cerveza y las actuales basadas en la alta tecnología. Los antiguos talleres aún están activos, ya que a modo de parque temático de la cerveza, se pueden ver a diversos monigotes que representan los antiguos oficios relacionados con la cerveza: la tonelería, la carrocería, la fragua, el laboratorio y las cuadras que llegaron a albergar 12 caballos de tiro y que actualmente alojan a Jacob. No dejéis escapar la oportunidad de darle paja y acariciarlo así como al gato del jardín.A los que os gusten las colecciones, sabed que en el museo se encuentra la colección más grande del mundo (certificado por los récord Guinnes, si os sirve de algo...) de botellines de cerveza sin abrir. Para cuando visitamos el museo (agosto 2009) disponían de 18.630 botellines, 14.778 de los cuales estaban expuestos. Por supuesto que hicimos el guiri y recorrimos la colección buscando nuestras cervezas autóctonas, y no fueron pocas las que vimos.

Y si os gusta beber cerveza, debéis pagar la entrada ya que con ella os regalan dos consumiciones que podéis degustar a la salida, en el bar. Como nosotros éramos siete, nos plantamos con 14 cervezas que poco más o menos nos tuvimos que beber entre mi cuñada y yo (¡vivan las bibliotecarias borrachas!). Las dos salimos bien contentas de la Carlsberg, para qué negarlo...

Después de la salida cerveza decidimos ir a descansar un poco al hotel (y es que las cuñadas bibliotecarias íbamos un pelín piripis) y por la tarde elAbogado, su hermano elUrbano y yo nos fuimos al que dicen es el parque de atracciones más antiguo del mundo, el Tívoli. Inaugurado en 1843 son unos jardines preciosos, con un aire antiguo y trasnochado, que albergan atracciones clásicas que se combinan con algunas más modernas. Los puestos son también antiguos, o vintage si queremos ser glamourosos, y cuando creí que no vería un carrito de helados pasar, pasó. Maravilloso. Y encima no es un sitio para nada guiri, ya es un punto de encuentro entre los daneses.

Cuando anochece todo el parque se ilumina y su encanto se multiplica por mil. Aunque la entrada no es barata, vale mucho la pena su adquisición para que todo ese espíritu trasnochado te invada. Además si no te gustan mucho las atracciones puedes comprarte una entrada sólo para pasearte y si quieres subir sólo a alguna puedes pagar sólo por lo que te interese a pie de atracción. Los dos hermanos se subieron a una de caída libre, que ni de coña probé, pero me obligaron a subir a la araña enorme que veis en la foto que no es más que unas cadiretas (lo siento, no sé cómo se dice en castellano), pero muy endemoniadas porque subían muy muy alto e iban bastante rápido, con la ausencia de un cinturón y un arnés a juego con la altura que pillaba el aparato. Pasé un poco de susto, pero las vistas de la luna llena sobre la ciudad fueron impagables.

Lo pasamos en grande también en los autos de choque, los hermanos pensaron que podrían conmigo, pero les di unos buenos golpes y se sorprendieron de mi manejo del volante. Lástima que no hubieran una caseta de tiro para que fliparan también con mi manejo y puntería con la escopeta. Finalmente salimos del Tívoli a las doce de la noche con un buen cubo de palomitas y una bolsa de chucherías. Nos sentimos como niños.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Copenhague (II)

El último día os dije que al ser un viaje en grupo no me había preparado nada para la visita ni tan siquiera había leído novelas ambientadas en la ciudad, que es una práctica que me encanta antes de visitar cualquier sitio nuevo. Me gusta mucho leer las impresiones de los escritores y compararlas luego con las mías. Bueno, pues así como no leí nada especialmente para el viaje, me acordé que Viaje al centro de la Tierra de Jules Verne sitúa una parte de la acción en la capital danesa y me prometí releerla al volver a Barcelona y así lo he hecho. Os copio un fragmento que me ha gustado especialmente y otro relacionado con la imagen posterior:

"A continuación, me entraron ganas de recorrer la ciudad como un niño. Mi tío se dejaba pasear. Por lo demás no vio nada, ni el insignificante palacio real; ni el bonito puente del siglo XVII que cruza el canal delante del museo; ni el inmenso cenotafio de Torvaldsen, adornado con horribles pinturas murales y que en su interior encierra las obras de ese escultor; ni, en un parque bastante bello, el pequeño castillo de Rosenborg; ni el admirable edificio estilo renacimiento de la Bolsa; ni su campanario, hecho con las colas entrelazadas de cuatro dragones de bronce; ni los grandes molinos de las murallas, cuyas enormes aspas se hinchaban como velas de un barco bajo el viento del mar.

[...] Sin embargo, si mi tío no se fijó en inguno de estos encantadores lugares, le llamó poderosamente la atención la vista de cierto campanario situado en la isla de Amak, que forma el barrio sudoccidental de Copenhague. [...], llegamos delante de Vor-Frelsers-Kirk. Aquella iglesia no ofrecía nada notable. Pero su campanario, bastante elevado, había llamado la atención del profesor porque, desde la plataforma, una escalera exterior circundaba su flecha, y su espiral se desplegaba al aire libre.
[...] Mientras estuvimos presos en la escalera interior, todo fue bien. Pero tras cuatrocientos escalones el aire me dio en el rostro: habíamos llegado a la plataforma del campanario. Allí comenzaba la escalera aére, protegida por una frágil barandilla, y cuyos escalones, cada vez más estrechos, parecían subir hacia el infinito.
[...] Por fuerza tuve que seguirlo agarrándome. El fuerte viento me aturdía; sentía oscilar el campanario bajo sus ráfagas; mis piernas flaqueaban; pronto me encontré trepando sobre las rodillas y luego sobre el vientre; cerré los ojos; sentía vértigo.

Al fin, tirándome mi tío del cuello, llegué cerca de la bola.
-¡Mira -me dijo-, y mira bien! ¡Hay que tomar lecciones de abismo!

Abrí los ojos. Vi las casas achatadas y como aplastadas por una caída, en medio de la niebla de las humaredas. Por encima de mí pasaban nubes desgreñadas y, por una inversión óptica, me parecían inmóviles, mientras que el campanario, la bola y yo éramos arrastrados a una velocidad fantástica. A lo lejos, por un lado se extendía la campiña verde y por el otro destellaba el mar bajo un haz de rayos [...] y en la bruma del Este ondulaban las costas, apenas difuminadas, de Suecia. Toda esta inmensidad giraba ante mis ojos".
Pues lo que debió sentir Verne al subir por el campanario de la Iglesia del Salvador fue lo que sentí yo más o menos y es que tengo un vértigo horroroso que se acentúa por las diversas infecciones de oído que he sufrido y que me han dejado el sentido del equilibro bastante perjudicado. Nunca en la vida hubiera subido, pero tengo un problema y es que cuando me desafían, me pico. Nunca falla, respondo a ese estímulo que ya me ha acarreado más de una y de dos lesiones. Así que cuando mi cuñado elUrbano y elAbogado me desafiaron a subir, no me quedó otra.

La ascensión por dentro del campanario es espectacular porque es como si te encaramaras por las vigas de madera antiguas y las escaleras, que crujen de forma estremecedora bajo los pies, se empinan más y más hasta casi romper la diagonal y subir en vertical, pasando al lado de enormes campanas.

Eso sí, cuando salí al exterior me quedé horrorizada-maravillada por la vista. Como dice Verne, se ve Suecia conectada por el puente de Oresund y todo Copenhague a tus pies. Impresionante, pero bastante duro si las alturas no son lo tuyo. Subir por las escaleras que recorren la aguja en espiral es difícil porque son metálicas y los escalones están redondeados por el uso, además a medida que subes se van estrechando y entre la gente que sube y la que baja... a mí me dio bastante miedo. Sobretodo al bajar por si me resbalaba, me llevaba a todo el que viniera por delante y acabábamos espachurrados en el patio de la iglesia.

Al final no llegué a tocar la bola porque me imaginé que elUrbano y elAbogado me harían bromas y vuelta a imaginar escenas de muerte, así que no me quedé a hacerme la típica foto con las vistas y la bola y fui bajando, pero detrás mío había una mujer, con más miedo aún que yo, bajando de lado, dando la cara a la pared (con el consiguiente peligro que se tropezara y me llevara por delante escaleras abajo) y respirando con dificultad. Hasta que no entré en el campanario no respiré tranquila.
Al llegar abajo vi a la pobre mujer sentada en un banco, con la cabeza entre las piernas intentando normalizar su respiración.

Todo esta aventura la vivimos porque nos topamos con la iglesia (que ya habíamos visto gracias al recorrido en barco) yendo hacia Christiania, una ciudad dentro de la ciudad de Copenhague. Y es que en 1971 un grupo de hippies demolió los muros de un campamento militar situado al lado de Christianshavn y tomaron posesión del lugar. Christiania fue proclamada ciudad libre y funciona de forma independiente, aunque asociada, a la nación danesa. En esta ciudad, autobautizada como "experiencia social" vive de forma dinámica la expresión de la contracultura.

Así que para allá nos fuimos, y aunque no se puede hacer fotos dentro de Christiana, me atreví a sacar la cámara y retratar este muro homenaje a Alicia en el País de las Maravillas, que es donde supongo que muchos de los christianios sienten que viven.
Paseamos por las calles y caminos que hay entre las casas (algunas con extrañísimas formas, como la casa Plátano), junto a los puestos de comida vegetariana (vimos uno que hacía unas hamburguesas vegetales que tenían una pinta buenísima, lástima de la poca higiene que destilaba el hombre y que las hacía a manos descubiertas), restaurantes cucos, gente borracha tirada por los suelos, familias con niños rubísimos a bordo de las típicas bicicletas Pedersen (la bici es el único transporte autorizado), tíos raros y no tan raros que te ofrecen hachís... Hay de todo, y es curioso visitarlo por ser realmente una experiencia social totalmente alternativa pero integrada.

Al salir nos dirigimos de nuevo hacia Christianshavn, un barrio que el rey Christian IV mandó construir sobre pilotes encima de agua poco profunda que unía los canales del puerto con la isla de Amager. Al principio nadie quería trasladarse, así que el rey prometió sustanciosas rebajas fiscales para los comerciantes que se trasladasen, pero aun así nadie quiso hacerlo así que el rey obligó al traslado so pena de arrebatarles el negocio. Eso sí que es un buen talante negociador.

Nos volvimos paseando por la orilla del canal y empezamos a cruzarnos con gente que comía pizzas sentados en los maderos, con las piernas colgando encima del agua. La envidia empezó a carcomernos y cuando localizamos la pizzería proveedora de la costumbre, nos apuntamos a ello. Estaba buenísima y acabamos saludando a los turistas que pasaban en barco, como auténticos ciudadanos de Copenhague. Un final genial para un día también genial.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Copenhague (I)

Lo que tienen los viajes en grupo es que cada uno quiere ver una cosa y siempre hay alguien que nunca quiere ver nada, por eso cuando nos vamos de viaje con la familia de elAbogado procuro no organizarme las salidas como lo haría si sólo viajáramos él y yo. Siempre toca ceder en algún momento y quedarse con las ganas de ver algo. Así que cuando mi suegra nos comunicó que el destino más votado por todos era Copenhague, reprimí mis instintos y no realicé demasiadas lecturas, ni bucée en internet en busca de información, ni repasé las estanterías de las bibliotecas buscando novelas, guías y artículos de revista.

La única información con la que me desplacé a la capital de Dinamarca me la proporcionó mi amiga sfer que me dijo que volvió enamoradísima del país, que si por ella hubiera sido se habría quedado más, pero muchísimo más tiempo, que todo el mundo allí era amabilísimo y que todo era carísimo. Todo eran ísimos y las expectativas también.


Al bajarnos del avión nos encontramos con un cielo gris y con una lluvia de esas que ni sí ni no. Hacía fresquito, pero tampoco frío. Eso sí, en cuanto hablamos con el chófer que vino a buscarnos al aeropuerto todo fueron risas y buen rollo. El hombre tenía muchísimo interés por saber de dónde veníamos, cómo era España, si allí llovía. Le impactó bastante saber que no vivíamos todos juntos en plan doce personas en una misma casa. Creo que debía haber visto algún programa de Callejeros en Las Barranquillas.

Una vez supo todo lo que quiso sobre España, empezó a explicarnos cómo era Dinamarca. Nos aconsejó que fuéramos un día a Malmö (está a sólo 30 minutos de Copenhague) porque es un 35% más barato. A medida que la ciudad se iba viendo por las ventanillas del coche nos explicaba en qué barrio estábamos, qué era aquel edificio, nos aconsejaba qué visitas valían más la pena, cuáles menos. Fue un detallazo de transporte del aeropuerto al hotel y me confirmó que lo que me dijo sfer que todo el mundo en Copenhague era amabilísimo.

De las primeras cosas que nos explicó fue lo importante que es la bicicleta en la ciudad, que prácticamente hay tres bicicletas por persona y que en la circulación son prioritarias a los coches y a los peatones. Durante la semana que pasé allí pude comprobar la multitud de modelos de bicicleta (con carrito delante, con carrito detrás, con niños en el carrito, con perro en el carrito) y de conducirla (mientras escribes un sms, hablas por el móvil, te comes un bocadillo o te pintas los labios).

Así que el primer día, como llegamos por la tarde, nos dedicamos a pasearnos por el centro de la ciudad, realizar un primer atisbo de la arquitectura y del ambiente, no cansarnos mucho e intentar planear un poco las salidas de las siguientes jornadas.

Una de las cosas que más me llamó la atención es la cantidad de estilos arquitectónicos que se mezclan en la ciudad, e incluso a veces hasta en un mismo edificio (como ocurre con muchas iglesias y catedrales): pudimos ver casas vikingas (hay una bastante grande que antaño sirvió como almacén de cerveza), edificios góticos de la época renacentista, también vimos estilo rococó e incluso edificios muy clásicos como los palacios de Amalienborg, cuyo edificio principal se une a los diferentes pabellones por una ala más baja formando pórticos, todo el conjunto es simétrico y con gran verticalidad. Muy curioso, vamos.

Otro aspecto distintivo que me llamó la atención fueron las fachadas coloristas de los edificios, sobretodo los de Nyhavn y los de Christainsborg. Parece que se pintan para que las fachadas de las casas sean más resistentes a la intemperie. Y no sólo con pinturas se crean efectos cromáticos interesantes, la combinación de ladrillos y piedras de diferentes colores (sobretodo en tonos rojizos y pálidos que recrean la bandera danesa) o la utilización de cobre en los tejados que al oxidarse crea cardenillo y confiere ese verduzco tan característico.

Uno de los edificios que más me ha gustado es el de la Bolsa, que antiguamente albergaba un mercado de abastos (muy apropiado, ¿no?). Es muy original y un ejemplo clarísimo del estilo renacentista que provino de Holanda en el siglo XVII. El edificio fue encargado en 1620 por Christian IV a los hermanos Van Steenwinckel, pero en 1625, no habiendo quedado satisfecho, el rey ordenó que se añadiera a los tejados una alta aguja espiral constituida por el entrelazamiento de las colas de cuatro dragones. ¡Porque él lo valía! A mí la aguja me tiene enamorada, pero también la bárbara simetría de la fachada y el encalado de las ventanas superiores.
Es impresionante el efecto que provoca pasar en barca por el canal entre el edificio de la Bolsa y el de la Cancillería, de un rojo profundo y con un imponente frontón que está adornado por un busto de Frederik IV.


Y como no podía ser de otra forma, en este viaje también ha habido visita bibliotecaria: El Diamante Negro, un anexo de la Biblioteca Real, debe su nombre al granito negro pulido y a la inclinación de la fachada que hace que los reflejos del sol en el agua se multipliquen el edificio como si fuera un diamante que brilla. Es realmente bonito ver la biblioteca desde el agua.

El recorrido por los canales que diferentes barcos ofrecen para los turistas es muy recomendable porque te permite ver la ciudad desde otro punto de vista, y para contemplar según qué sitios es indispensable. Por ejemplo, nosotros pudimos descubrir cómo la arquitectura al lado del agua gana terreno gracias a embarcaderos, terrazas y grandes ventanales y balcones. Todas estas casas y edificios a ras de agua resultó que anteriormente eran las viviendas de militares destinados en la marina, pero que ahora la mayoría son oficinas y estudios de diseño y arquitectura, y también algunas viviendas de protección oficial.
Durante el recorrido también pasamos por delante del paseo marítimo y vimos varios edificios enormes de ladrillo rojo y también el famoso edificio de ojos azules de la naviera Maersk. Adentrándonos por otro canal, nuestro guía nos enseñó una versión nueva de la famosa Sirenita, más moderna.

Fueron un par de jornadas completitas, pero aún queda viaje por explicar...