jueves 19 de enero de 2012

La página 45 es más sexual que la 69

Cada vez tengo menos tiempo y aún menos ganas de engancharme a los memes. Es lo que pasa cuando asumes que eres un imán para las pupas y las enfermedades medias, que valoras un pelín más tu tiempo. Pero con sfer no puedo evitarlo. Meme que publica (y no son muchos), meme que me engancha. Es que ella sabe de seleccionar...

Al meme. Resulta que en la librería californina The Green Apple Core nos proponen abrir el libro que tengas más cerca (yo he cogido el que estoy leyendo, aunque no era el más cercano físicamente a mi persona), abrirlo por la página 45, leer la primera frase e interpretarla como una predicción de lo que será tu vida sexual durante este año.

Ahí va mi predicción sexual para 2012, cortesía de Elvira Lindo y su Lugares que no quiero compartir con nadie:

"...y te adoctrinan sobre lo que hay que hacer, aquello a lo que hay que ir, lo que no te puedes perder y las experiencias que debes probar."

Me da que es una buena previsión, ¿no? La interpreto así, quizá es que tenga que probarlo todo este año... Al menos se intentará.

Ilustro esta entrada con unas radiografías cachondas (en ambos sentidos del cachondismo) que hicieron surgir la polémica en el Hospital de Lleida. No me alargaré con dicha polémica, prefiero que la lean en el medio donde lo leí yo, también pelín morbosa, pero bien divertida.

Sé que no es muy dado a estos jueguitos, pero me interesa especialmente la predicción de El Senyor Dolent, por ser también él pelín morbosillo y por su nombre, claro. A ver si se anima a dejarla en un comentario, y el resto igual. Animaros a compartir predicciones.

sábado 31 de diciembre de 2011

Un matrimonio feliz, de Rafael Yglesias

Enrique Sabas, escritor y guionista de cine, vive con su mujer Margaret, diseñadora gráfica, en Nueva York. Disfrutan de una vida acomodada y estable después de treinta años de matrimonio, hasta que a ella le detectan un cáncer contra el que no podrá luchar. El protagonista reconstruye los episodios más importantes de su vida con Margaret: cómo se conocieron, cómo se enamoraron, el nacimientos de los hijos, el desarrollo de sus carreras profesionales y las pequeñas crisis por las que pasa su relación a lo largo de los años; pero también cómo ella lucha contra el cáncer y la aceptación poco a poco que la muerte está próxima.

A primera vista podríamos pensar que estamos ante la típica historia “chico encuentra chica – chico pierde chica trágicamente”, pero no. La grandeza del libro es el planteamiento que hace el autor de temas tan manidos como el amor y la muerte. A lo largo de la narración el lector va saltando junto al protagonista por las diferentes etapas de la historia en dos líneas temporales/narrativas: la historia de la pareja en común y la fase terminal del cáncer de la esposa. Al principio son dos líneas temporales, pero a medida que avanza la lectura las dos historias se encuentran para culminar con el punto y final de la muerte. El lector alterna un capítulo de su historia en común con otro sobre la despedida.

La intensidad va creciendo gradualmente y podemos sentir el dolor, pero también la alegría, con los que el protagonista rememora su vida en común, el misterio del enamoramiento, el apego hacia la otra persona, los altibajos de la relación, la monotonía de la estabilidad y la complejidad con la que encaramos la pérdida de un ser querido. Cuantas menos páginas le quedan al libro, más se te encoge el corazón y esa empatía auténtica (sin hacer uso de artificios ni trucos fáciles) que consigue con el lector es uno de sus puntos fuertes. El otro, que el libro está escrito y construido ejemplarmente.

Un matrimonio feliz, de Rafael Yglesias, es el mejor libro que he leído en 2011. Lo leí en el mes de septiembre y he esperado hasta el último día del año para confirmar su primera posición en mi ranking personal, ya que son muchos los libros que pasan por mis manos a lo largo de 365 días, muchísimos más de los que luego reflejo en este espacio (algunos por falta de tiempo, otros por falta de interés). No puedo aportar nada más al comentario de este libro, exceptuando esta cita de la que hasta la fecha es la mejor descripción que he leído nunca de un primer beso...

Hubo un silencio, él desplazó todo su cuerpo sobre el sofá, se acercó a Margaret unos centímetros hasta que sus muslos se tocaron, y se inclinó.

Enrique se detuvo a mitad de camino de su meta. Margaret quedó en silencio. Una sobria oscuridad inundó sus luminosos ojos azules. Ella se quedó mirando los labios de Enrique como si calculara a qué podían saber. Este había llegado demasiado lejos como para retirarse. Se acercó un poco más, demasiado asustado para respirar. Ella no le alentó. No hizo ningún gesto que delatara si separaría los labios para recibirle o los abriría para chillar.

Enrique los tocó para tantear el terreno y con exquisita suavidad, como si pudieran atacarlo. Cerró los ojos, abrumado al verse tan cerca de los océanos insondables de Margaret, y se acercó más al no percibir ninguna resistencia violenta. El cuerpo de Margaret cedió, sus labios se separaron, el líquido de su boca bañó la de Enrique en una breve inmersión, solo para unirse de nuevo y apretar. Él se acercó más y uno de sus brazos maniobró en torno al delgado hombro de Margaret, sus narices se rozaron mientras se abrían el uno al otro al unísono, y en una maravillosa ilusión, durante una fracción de segundo, pareció que ya no tenían ni principio ni fin. Sus bocas se cerraron, satisfechas por esa breve unión, y él se apartó mientras le brotaba una sonrisa en la boca. Ella no sonreía. Lo contemplaba de una manera solemne. Él esperaba una respuesta a su pregunta: ¿Puedo continuar?

¿ME LO PRESTAS?

martes 27 de diciembre de 2011

Una novela de barrio

Desde que llegué a la biblioteca en la que actualmente trabajo y me admitieron en laBanda supe que tendría que actualizar alguna de mis lecturas pendientes so pena que me acabaran echando. Ahora las actualizo para mí misma, no me echan de laBanda ni con agua caliente, vamos... Una de mis asignaturas pendientes era Francisco González Ledesma. Escritor de género negro tan conocido y reconocido por crítica y lectores que no pienso añadir nada más.

Lo mismo le pasa a su personaje, el inspector Méndez que ya forma parte del imaginario colectivo de la ciudad. Apareció por primera vez en la novela Expediente Barcelona, publicada en 1983, inicio de la serie que siempre se mantendría ambientada en la ciudad y con el personaje del inspector como protagonista.

Pero me voy a centrar en el penúltimo caso del inspector Méndez, el que tiene que resolver en Una novela de barrio, donde un atracador de bancos es asesinado. Éste había huido después de su último golpe, cuando junto con su cómplice mataron a un niño de seis años. El principal sospechoso de la muerte del atracador es el padre del niño, reconvertido a guardaespaldas. El cómplice del atraco sufre, no sea que su destino se convierta en el mismo que en el del compañero, así que intentará asesinar al guardaespaldas antes de que lo liquiden a él.

En este triángulo pistolero se inmiscuye el inspector Méndez que irá metiendo la nariz en los diferentes elementos de la ecuación hasta dar con la solución, aunque con el particular sentido de la justicia de Méndez, quizá no sea la más políticamente correcta...

El otro personaje inevitable es la propia ciudad, pero la de Méndez, aquella que recuerdan los barceloneses de más de 35-40 años, la que no vivía bajo el yugo del urbanismo despiadado, de calles estrechas pero historias anchas, bares todo lo contrario a asépticos y señoras de mal vivir (de estas aún tenemos). Lamentablemente yo no me cuento entre ellos, pero gracias a la recreaciones del autor uno puede echar de menos esa ciudad sin haberla vivido.

Con Una novela de barrio, Francisco González Ledesma añadió el Premio Internacional de Novela Negra RBA (2007) a los que ya le había proporcionado Méndez con el Planeta (1984), el Mystère (1985 y 2005) o el Hammett (2002).

jueves 22 de diciembre de 2011

La cocina literaria

Los lletraferits no podemos dejar de imaginarnos cómo debe ser esto de escribir una novela. Algunos fantasean con ello, otros hasta se tiran a la piscina. La figura típica y tópica del escritor es la de aquel atormentado que nada en alcohol hasta que sus musas le hacen una visita y entonces no puede separarse de su màquina de escribir (la imagen no es tan atractiva actualizando la tecnología) y del paquete de cigarrillos.

El escritor tiene el poder de transmitir a sus lectores historias que fascinen, quizá por eso muchas veces nos los imaginamos atormentados por el peso de su talento. Pero la vida profesional, real, de los escritores no es así, supongo que mayoritariamente, y nos preguntamos, ¿cómo lo harán para producir sus obras? ¿Siguen una metodología de trabajo disciplinada? ¿Le dedican muchas horas? ¿Qué pasa si no se les ocurre nada?

Esta curiosidad de los lectores hacia los escritores y la producción literaria también se la plantearon en la revista literaria El Ciervo. Así surgió en la publicación la sección “La cocina literaria” que durante 13 entregas respondió a las preguntas más comunes sobre cómo los novelistas escriben sus obras y por qué toman una decisión o otra. Los redactores de la revista pidieron su colaboración a diferentes figuras de renombre dentro del panorama literario del país y una sesentena fueron los que finalmente respondieron a las cuestiones más habituales: ¿Cómo y de qué manera bautizan a los personajes? ¿Cómo empiezan y acaban sus novelas? ¿Cómo escogen el título? ¿Cómo escogen los escenarios? ¿Cómo generan suspense?, entre otras. Y todas las respuestas juntas forman un libro de mismo nombre.

Como lectora curiosa que soy, me ha interesado mucho saber los diferentes métodos de trabajo que escogen mis escritores preferidos. Destaco preferentemente la aportación de este trabajo culinario-literario de los autores que sitúan sus narraciones en Barcelona y ha sido un placer descubrir como transforman la ciudad en un personaje más autores de la talla de Francisco Casavella, Javier Cercas, Alicia Giménez Bartlett y Marcos Ordóñez. Pero no puedo concluir estas líneas sin compartir con vosotros una mención que hace el escritor Antonio Soler a su colega, el gran Juan Marsé, en referencia a la peliaguda situación de titular una obra:

Cómo surge es misterioso, lo mismo que cómo surgen los personajes del libro. Se revelan de pronto, pero con la sensación de que siempre han estado en tu cabeza, escondidos detrás de una cortina. El problema viene luego. Cuando al editor, mi querida Raquel de la Concha o al par de personas en quien confío les parece un desastre. Y ahí viene el calvario. Buscar un título en frío. Y eso no sé hacerlo. Me meto en un laberinto, leo la Biblia, a Shakespeare, y no veo nada. Me salen tópicos. Una y otra vez me doy contra la pared para acabar pensando que el título de todos mis libros me lo quitó hace tiempo ese viejo pistolero, el mejor de nuestros novelistas. Marsé. Yo quisiera titular todas mis novelas Si te dicen que caí.

lunes 19 de septiembre de 2011

Richard Yates, de Tao Lin

Una de las grandes ventajas de no leer las críticas literarias antes de empezar un libro es que éste no te crea expectativas. Algunos de vosotros lo hacéis, yo soy incapaz. Con asiduidad leo los suplementos literarios, blogs y no dejo escapar los pocos programas de televisión donde los libros sacan la cabeza. Normalmente no me llevo decepciones, alguna muy de tanto en tanto, pero el libro del que voy a hablaros a continuación me supuso un gran chasco. Pero ha sido diferente a otras veces.

¿Conocéis esa sensación de ser el único diferente entre muchos? ¿De desconocer aquello de lo que están hablando? ¿De ser rojo entre multitud de verdes? O algo menos romántico, encender la radio (una que no sea radio-fórmula con los mejores éxitos de los 70, 80 y 90) y no conocer a ningún grupo en 30 minutos, ¿la conocéis?
Pues esa sensación es la que he sentido leyendo Richard Yates de Tao Lin; porque había leído grandes alabanzas, todo aplausos (casi veía los fuegos artificiales de fondo) a este narrador, joven promesa de la literatura, y me moría de ganas por unirme a la fiesta.

Lo primero que noté al leer las primeras páginas, fue incredulidad. Sintagmas verbales uno detrás de otro, sin diferencias, todo repeticiones. "Haley Joel Osment dice... Dakota Fanning dice..." Sin parar. Situaciones vagas, estúpidas, disfuncionalidades a tutiplén sin ningún tipo de profundidad, una vez y otra, y otra, y otra. Claro, los protagonistas (que toman los nombres de dos famosos jóvenes actores americanos) hablan mediante sms y chats de Gmail. ¡¿Y qué!? ¿No es posible una complejidad lingüística superior sólo porque eres adolescente en tiempos de la revolución en la comunicación? Y sí, los protagonistas están deprimidos, pero de una manera extremadamente tópica. Son humanoides-cliché que surfean las redes sociales. Si no dicen que se van a suicidar 20 veces en un mismo capítulo, no lo dicen ninguna. ¡No es tan difícil! ¡Tírate a la vía del tren!

Hacia la mitad del libro empezó a rondarme la tentación de dejarlo, pero no fui capaz. Quería saber si había algo más. No podía ser que no hubiera nada más. Pero la escritura seguía siendo vaga, extraña, sin ningún tipo de profundidad ni expresión. ¿Cómo podía ser que un libro donde la descripción es casi inexistente y dominan los diálogos, fuera tan brutalmente aburrido?

Y en ése momento, tuve la revelación: Tao Lin no es un farsante, ¡es un genio! Nos está tomando el pelo. Mejor dicho, les ha tomado el pelo a todos los que creen que es un dios de la literatura y que le habrán pagado un pastizal por bautizarlo como el narrador de la generación Facebook. A base de repetir conceptos, frases e ideas, vacíos todos ellos. Es un genio y sólo él conoce los secretos y misterios de la literatura híper-post-tecno-ecopija-modernista.

Tiene que ser esto último porque si no es así, definitivamente me he hecho mayor y no entiendo nada. Que también podría ser...

LIN, Tao. Richard Yates. Barcelona: Alpha Decay, 2011. ISBN 9788492837205.

miércoles 14 de septiembre de 2011

La biblioteca huele

En la biblioteca disponemos de un servicio que arrassa entre los usuarios y otras personas del barrio que no han entrado nunca en nuestros dominios: el bar.
Está ubicado en una de las entradas al edificio. Uno de los inconvenientes más destacados (para nuestras estadísticas) es que a veces hay más gente en el bar que en la biblioteca, aunque es una paradoja porque en realidad están dentro del edificio de la biblioteca...

Otras de las desventajas: el ruido y el olor. ¿Por qué? Porque no hay mampara alguna que separe los dos servicios. Por eso, cuando ruge la marabunta en el bar, desde la barra tienen que hacer callar a los clientes o pedirles que bajen la voz (cualquiera diría que es un gag humorístico) y cuando llega la hora de hacer las comidas y los menús, en toda la biblioteca se huele lo que se va a comer ese día o al siguiente.
A veces es agradable. Sabes que es jueves porque a las 12 empiezas a notar el olorcito a paella. Otras no tanto, como cuando lo que detectas es coliflor a las 5 de la tarde.

Todo esto os lo cuento para ilustraros una biblio anécdota que me acontenció ayer por la tarde en el mostrador de la planta de adultos (no podía ser en otro):

Usuario: "La biblioteca huele. Huele mucho a pescao"
Yo misma: "Sí, en el bar deben estar cocinando"
Usuario: "¿Y tú no puedes hacer nada?"
Yo misma: "0_0 No, si quiere puede usted formalizar una queja pidiendo que nos instalen una mampara separando el bar de la biblioteca"
Usuario: "Niña, ¿por qué no subes tú y les dices a los del bar que estas no son horas de cocinar pescao?"

Nunca dejo de sorprenderme por las consultas y peticiones extrañas que recibo durante las pocas (y desgraciadas) ocasiones en las que tengo que atender en la planta de adultos. Los niños no preguntan cosas tan básicas y seguramente entenderían por qué no puedo ir al responsable de otro servicio y decirle cómo debe gestionarlo. Con ellos podemos intentar adivinar a qué huele hoy. A mí el otro día me olía a rollito de primavera, a ellos les olía a pimiento. ¡Misterios de la biblio vida!

viernes 9 de septiembre de 2011

Signatura 400, de Sophie Divry

Soy una presa fácil para los libros sobre libros. Uno que publican, uno que me compro. Matizo, me compraba. Ahora me lo pienso más porque como los metros cuadrados de los pisos donde habito van menguando, la colección de libros hace lo mismo.
Por suerte Signatura 400 me lo regalaron (¡Gracias Esther!) porque con lo preciosa que es la edición y sabiendo que más que un libro sobre libros es un libro sobre bibliotecari@s, habría caído seguro.

En Signatura 400 nos encontramos con una bibliotecaria anónima (nunca sabremos su nombre) que al llegar al trabajo, unas horas antes de abrir la biblioteca, se encuentra en su planta (entiéndase como nivel, piso, en un edificio, no como ejemplar de la flora entiestado sobre su mesa) a un usuario que se quedó encerrado la noche anterior (sí, en mi biblioteca también nos ha pasado, pero nos dimos cuenta cuando bajábamos la persiana).

A modo de regañina, la bibliotecaria en cuestión le suelta un monólogo de órdago al usuario, que se extenderá durante el centenar de páginas que ocupa el libro, sin dejar posibilidad a la aparición de algún punto y a parte o a la intervención del regañado. Ella solita empezará y acabará justo cuando toque abrir la biblioteca.

Siendo un libro de "lo mío", aportando una voz original, siendo una sucesión de citas acertadísimas sobre bibliotecas, usuarios y cultura en la actualidad, Signatura 400 es una obra buena, que me ha asfixiado un pelín (no sé si será por la falta de pausas en el monólogo) y de la que esperaba un poquito más. Porque aunque los libros y las bibliotecas estén siempre en el relato, está mucho más presente la soledad, la impotencia y la frustración de la protagonista ante las situaciones de su realidad y de la vida, como que la signatura 400 de Dewey esté vacía. ¡Eso es para volver loco a cualquiera! Menos mal que en las bibliotecas catalanas utilizamos la adaptación de Jordi Rubió i Balaguer de la Clasificación Decimal Universal (¿alguien más ahí fuera?)

Y ahora, bombardeo de citas, aunque ya aviso que el libro es una cita en sí mismo...

"Ser bibliotecario no es nada gratificante, se lo digo yo: se acerca a la condición de obrero. Yo soy una taylorizada de la cultura."

"Saber orientarse en un biblioteca es dominar la cultura en su conjunto y, por tanto, el mundo. Y no estoy exagerando."

"A esto nos lleva la democracia cultural. Ya no es una biblioteca donde reina el sordo silencio de las estanterías inteligentes, es un área de recreo donde uno viene a distraerse."

"La cultura no es un placer. La cultura es un esfuerzo permanente del ser para escapar de su vil condición de primate subcivilizado."



DIVRY, Sophie. Signatura 400. Barcelona: Blackie Books, 2011. ISBN 9788493874544.
¿En qué biblioteca puedo encontrar este libro?